viernes, 15 de abril de 2011

EL DESNIEGO

El juego de garrote venezolano es un sistema de defensa personal que posee una enorme riqueza de técnicas y movimientos, que lo hacen muy atractivo a la vista pero también exigente fisicamente y sobre todo muy efectivo desde el punto de vista defensivo. Existen diferentes técnicas de ataque y defensa mediante el uso del “garrote” (bastón de madera utilizado como arma), cuchillo, machete y mano limpia, asi como también agarres, llaves y derribos que van a variar en cuanto a la diversidad e intensidad de acuerdo al "estilo" que sea practicado. Existen estilos que dependen en gran medida del uso exclusivo del garrote para el ataque y la defensa, además de tener poco movimiento por parte de los practicantes. En otras modalidades de juego  es bastante usada la mano limpia junto con los derribos y aquellos sistemas muy completos  con gran variedad de desplazamientos y abundancia de técnicas.
El estilo que orgullosamente practico desde hace 20 años, gracias a la enseñanza del Maestro Felix García, y que lleva por nombre “Palo Sangriento”, se incluye en el grupo de aquellas modalidades que cuentan con una amplia gama de técnicas de ataque y defensa, donde se usa el cuchillo, machete, mano limpia para defender y contraatacar, ademas de una fuerte intensidad de sus movimientos. Una de las particularidades de este estilo es el hecho de que la defensa se realiza casi en un noventa por ciento sobre el brazo del atacante, buscando lesionarlo seriamente y desarmarlo (de ahí el nombre del estilo), pero existe otro elemento destacable y muy interesante del “Palo sangriento” que lo constituye el “desniego” o también llamado "deniego" o "mezquino" en otros estilos que lo utilizan. Desnegar o mezquinar consiste en proteger el brazo atacante de la defensa del oponente, el cual no solo implica el movimiento del brazo que ataca, sino también un desplazamiento del cuerpo que persigue salvaguardar la integridad del mismo, pues la mayoría de los “quites” (técnica defensiva) en este estilo, no solo buscan el brazo atacante sino tambien cualquier parte de la humanidad de quien ataca, que se encuentre en la linea que describe el movimiento defensivo. El desniego además busca evitar la toma del garrote o del brazo de la persona que ataca, por parte de quien defiende, evitando que este pudiese aplicar un desarme o alguna técnica que ocasione  luxación,  fractura, o una caida (técnica de derribo).
En mi opinión como jugador de garrote considero que el desniego constituye una técnica fundamental dentro de este sistema y que la destreza en su aplicación establece un alto grado de evolución como jugador, ya que se requiere un dominio absoluto de las “pisadas” (diferentes desplazamientos de pierna), confianza en el uso del garrote, buen acondicionamiento del brazo y muñeca y la adecuada y rapida coordinación de mente y cuerpo para que sin disminuir la velocidad y violencia del ataque,  se tenga una rápida reacción que permita proteger la integridad del atacante ante un movimiento defensivo del oponente que busca protegerse lesionando al agresor. 
Por Manuel Augusto Rodriguez Médicci (jugador de garrote). Barquisimeto 02/04/2011

miércoles, 27 de octubre de 2010

UNA LUCHA DESIGUAL

Un hecho vivido por Elio Ferrer*.

Durante unas vacaciones en el año de 1967 que disfrutaba en Santa Cruz de Bucaral, población enclavada en la sierra de Falcón, presencié algo inusitado a mi experiencia. Les cuento: fui invitado a pasar unos días en casa de la familia de un compañero de estudios, Enrique Loyo, con quien compartía juegos, lecturas, música (él es el músico y cantante) y otra serie de circunstancias que nos brindaba la vida en esa época de juventud.

En el transcurso de uno de esos días, alrededor de las cinco de la tarde, mientras nos entreteníamos en una tertulia familiar y degustábamos de manjares caseros preparados por las manos prodigiosas de Doña Dominga, madre de Enrique, oímos un alboroto proveniente de la calle. Nos alarmamos, puesto que, a pesar de que Santa Cruz es un pueblo donde reina normalmente la tranquilidad y el sosiego, tanto que a veces raya en la cotidianidad y la rutina, no es menos cierto que dos hechos, para el momento, perturbaban de vez en cuando este estado de normalidad: uno de ellos era, o mejor digo, sigue siendo, la rencilla secular que mantienen dos familias por causas que ya se perdieron en la leyenda y la tradición y que ocasionalmente son fuente de acontecimientos nada saludable para algún miembro conocido de la comunidad; la otra era la existencia de grupos irregulares opuestos al gobierno que se habían enquistado en el territorio y que con cierta frecuencia provocaban enfrentamientos con tropas regulares, con la consecuente ola de comentarios y alarmas.

Pero en esta ocasión el bullicio no lo provocaba ninguna de las situaciones anteriores. A penas nos reponíamos de la sorpresa inicial cuando entró uno de los hermanos de Enrique que repetía: ¡una pelea! ¡una pelea!, al instante salimos a la calle que daba a la plaza principal del pueblo imaginando ver a algunos jóvenes enfrentados en un pugilato de esos tantas veces presenciados y en los que con mucha frecuencia en mi pubertad me había involucrado. Pero cual sería mi sorpresa que lo que estaba presenciando era una lid de esgrima entre un hombre ya entrado en años, 58 años, me enteré después, y un joven de unos 25; sin embargo, lo peculiar del asunto era que éste blandía un machete de los usados para la labor diaria de desmonte y aquel un garrote de los que con mucha frecuencia se les ve caminar por el pueblo como un atuendo normal, que llevan bajo el brazo, con la misma naturalidad con que llevan el sombrero en la cabeza.

La primera impresión nos llevó a pensar en la ventaja de quien blandía el machete y que aquel encuentro concluiría en un fatal desenlace para quien portaba el garrote. Sin embargo, para tranquilidad de los que presenciábamos el inusual combate, este último se defendía magistralmente esquivando con pasmosa tranquilidad los embates de su contrincante. Por instantes pensé en un ballet donde dos bailarines ejecutaban una danza esmeradamente ensayada y primorosamente ejecutada. Cada lance del machete era bloqueado por un movimiento rápido y certero por el del garrote mientras daba pasos hacia atrás buscando refugio en el zaguán de una casa aledaña a la plaza desde donde lo conminaban a entrar. En ese momento el hombre del garrote ejecutó dos movimientos rápidos y certeros dirigidos al codo y a las manos de su contrincante. Esta maniobra hizo que éste retrocediera unos pasos, circunstancia que aprovechó para entrar en el zaguán desde donde lo llamaban cerrándose dos puertas tras él. El resto de la escena se disipó entre el vociferar del que quedó afuera frustrado y los comentarios, dimes y diretes de los espectadores.

Posteriormente, esa experiencia vivida sólo uno tres minutos, me hizo revivir esa estampa tan típica de nuestros pueblos de ver hombres portando un garrote, normalmente bajo el brazo, sin que nunca me preguntara sobre su finalidad o utilidad. Al menos en esta ocasión supe para lo que sirve un garrote.

*Profesor universitario, filósofo. Mi tio y buen amigo.