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sábado, 14 de septiembre de 2013

Documental "LA CULTURA DEL GARROTE".

Trabajo audiovisual realizado por la televisora Vive Centro Occidente en el Patio de juego de Garrote "Clarencio Flores", sede de la Asociación Venezolana de Jugadores de Garrote, ubicado en el Pueblo de Agua Viva, Palavecino, Lara, Venezuela.



jueves, 1 de agosto de 2013

Primer aniversario de la escuela de garrote "FÉLIX GARCÍA".

Resumen de actividades de la celebración del I aniversario de la escuela de garrote "FELIX GARCÍA" en el museo de Barquisimeto el sábado 13 de Julio. Actividades correspondiente en la tarde a la conferencias “Vivencia recogidas en el trabajo investigativo junto a maestros octogenarios del juego de garrote” y "Los juegos de palos en América". En horas nocturnas se efectuaron exhibiciones de técnicas y juegos por parte de maestros y jugadores de  varias escuelas.


martes, 23 de julio de 2013

En la ciudad de El Tocuyo, estado Lara: PATIO DE GARROTE VENEZOLANO.

Saludos a todos los visitantes de este blog y pidiendo disculpas por el "abandono" por unos meses del mismo. 

Reiniciamos este nuevo periodo con esta promoción de uno de los patios más emblemáticos de nuestro noble arte maderero. El mismo cuenta con la presencia como maestro-instructor de su heredero directo el amigo Pascual Zanfino, quién aprendió del Maestro José Felipe Alvarado quién a su vez fue alumno del Gran Maestro León Valera.


jueves, 12 de julio de 2012

Bibliografía sobre JUEGO DE GARROTE VENEZOLANO

Portadas correspondientes a los textos que se han escrito en relación al tema del JUEGO DE GARROTE VENEZOLANO. Los autores de cada uno de ellos respectivamente son Eduardo Sanoja, Argimiro González, Wiston Hidalgo y Miguel A.Cordero. Los textos están escrito en idioma español.

1984

1990

1996


2000


2007

2007













2007

                                    
                                              2007
2012

sábado, 11 de febrero de 2012

Prose....

Perhaps you think that what I am going to tell you is a lie, but it is truth as big as the sun. Fighting with sticks has a secret music that can only be heard by those who have the art of stick-fighting in their blood. For that reason when you see two men fighting with all their strength, stay as quiet as if you were in a church. Those men are transported to another world; each time that the sticks clash, when they buzz cutting the air, swishing so close to their flesh that it scares you, finally, when one begins to imagine that the sticks themselves have life and they move alone so that instead of being two men fighting with sticks, it looks like two sticks playing men or as if those men are breathing through the sticks, those are holy moments… All of this makes the fighter feel as if he is under a magic spell that is like an ancient mixture of war cries, waving banners, clanking of chains, and silence of dead bodies. It is an echo that resounds from the purest elements of our blood: conquests, colonies, slaveries, liberties, dictatorships, jails, guerrillas, deaths, survive, survive, survive…

It is an ancestral reminiscence of the violence that has forged the nations... 
                                                                and that is holy.

Eduardo Sanoja, 1986.




Usted a lo mejor piensa que lo que le voy a decir es mentira, pero es una verdad del tamaño  del sol. El juego de palos tiene una música secreta que solo la pueden oír  aquellos  quienes el juego se les ha metido en la sangre. Por eso cuando vea a dos hombres jugando como es, echándose recio y al cuerpo, quédese calladito como si estuviera en una iglesia. Esos hombres están como transportados a otro mundo, cada vez que los garrotes chocan, cuando zumban cortando el aire, cuando soplan la carne tan de cerquita queda grima. En fin, cuando uno llega imaginarse si será que los palos tienen vida y se mueven solos como si en vez de ser dos hombres jugando palos fueran dos palos jugando hombres o como si esos hombres respiraran por los garrotes, son momentos sagrados… Todo eso hace que el garrotero sienta por dentro un canto mágico que es como una mezcla antiquísima de gritos de guerra, ondear de banderas, rechinar de cadenas, silencio de muertos. Es un eco que surge de lo más puro de la sangre: conquistas, colonias, esclavitudes, libertades, dictaduras, cárceles, guerrillas, muertes, sobrevivir, sobrevivir, sobrevivir...


Es una reminiscencia ancestral de las violencias  que han forjado las patrias...
                                                         y eso es sagrado.

Eduardo Sanoja, 1986.uuuuu



Translation into English  by Miguel Angel Cordero Ch., English professor and player


sábado, 14 de enero de 2012

MAESTRO FÉLIX GARCÍA.

Su historia. Primera entrega.

FÉLIX PASTOR GARCÍA LUGO nace en la ciudad de Barquisimeto, capital del estado Lara, el día 14 de enero de 1916. Cuenta actualmente con 96 años de existencia. En óptima salud para su edad. Hijo de Norberto García y María Leocadia Lugo. Su padre era oriundo de la ciudad de Coro, capital del estado Falcón, provincia ubicada al norte del estado Lara. Su madre oriunda del pueblo de Sarare, capital del municipio Simón Planas del estado Lara. De esa unión nacen cinco hijos, a saber tres hembras y dos varones. A muy corta edad las niñas fallecen por diversas causas. Solo le sobrevive su hermano José Modesto, cuatro años menor que él.

La casa de su nacimiento estaba ubicada en la carrera 22 con calle 20. Era una casa de adobe propiedad de una amiga de su madre de nombre Mauricia Cárdenas. De allí se trasladan a una casa ubicada en la carrera 24 con calle 16, en los terrenos pertenecientes a la vaquera de una hacienda, que pertenecía al General Argenis Azuaje. Para la época esa zona de la ciudad de Barquisimeto (Este) era de matorrales, veredas y potreros y no poseía el trazado cuadricular que actualmente se observa en sus calles y carreras. Era una zona de haciendas y en lo particular existían pocas viviendas, las cuales se acompañaban de corrales para la cría de cabras y ovejos, “el ganado del pobre” como le solían decir. Los hacendados eran los propietarios del ganado vacuno.

Su padre, recuerda Félix García, era un hombre extremadamente humilde. Para mantener a su familia vendía “pacas” de pasto para la alimentación de los “arreos” en los que se transportaban diversos productos desde la región de los llanos, o de la zona andina trujillana, hacia Barquisimeto. Un “arreo“es un grupo de once o más animales, burros o mulas. Ese pasto lo traía de un pastizal o potrero privado ubicado a cinco kilómetros de su casa donde su papá lo cortaba y lo compraba. Para ese entonces cada “paca” de pasto costaba 0,75 Bs., de la época. Luego las vendía por la carrera 21, desde la calle 28 hasta la calle 31, zona en donde existían hospedajes para las personas y también para el cuido de los animales. Barquisimeto era un punto comercial en donde se vendían e intercambiaban productos diversos traídos de distintos lugares. Él regresaba a su casa a las 7 u 8 de la noche, trayendo consigo el dinero producto de la venta del día y así mismo la comida para su familia: morcilla, mondongo de cerdo, lengua, chicharrón de cerdo, y otras cosas más. Había algunos días en que a veces no vendía ni una sola paca.

Inesperadamente un día el padre muere repentinamente. Ese día, cuenta Félix García, su padre se levantó temprano como siempre. Era un hombre alegre que gustaba de cantar y de asear el corral de los burros antes de marcharse al corte del pasto. Casualmente, ese día no se fue con su papá al potrero de donde traían el pasto. Más tarde, a media mañana, un amigo de la familia le trae la noticia de que su papá se había muerto, a lo que Félix le contesta: -“¿y por qué se va a morir si no estaba enfermo? El estaba alentao (sano)”... A lo que su madre le replica: -“pero andá a buscalo, que no se necesita estar enfermo para uno morirse. Que uno se muere en cualquier momento”… Se acompañó entonces de mucha gente. Se llevó una hamaca a buscar al difunto y lo trasladaron en la misma hasta la casa en donde lo velaron. Por un momento, cuando nos habla, se queda pensativo y comenta con nostalgia la inocencia de su niñez: …“el de no saber que la gente se podía morir así, de repente. Que no había que estar enfermo pa´ morirse”… Murió joven de 50 y tantos años”. Supone que fue del corazón. Su mamá se afectó mucho por la muerte del esposo. Eran una pareja muy afectiva y unida.

Por su parte la madre, que era también una mujer muy trabajadora, según sus palabras, “pilaba” maíz para la venta y así mismo, en vasijas de barro llamadas “chirguas” almacenaban agua para  vender. Por ello su mamá le ordenó un día el fabricar un carrito de madera para facilitar el transporte y la venta del preciado liquido. El agua que consumían en la ciudad provenía del Rio Turbio, al sur de la misma,  de manantiales al otro lado del rio o de aljibes o pozos artesanales privados que en algunas casas existían. Buscaban el agua para el consumo de la familia y para la venta, la cual era a 12 centavos por chirgua o su equivalente en unos recipientes metálicos llamados “lata mantequera”. Recuerda que el rio quedaba distante y su acceso era por un camino abrupto e inclinado. La diferencia de nivel entre la superficie de la ciudad y el lecho del mencionado rio era de unas cuantas decenas de metros. Con el tiempo una fuente de agua pública o “pila” fue instalada en lo que hoy es la iglesia de Altagracia. En un aparte el maestro Félix vuelve a recordar y habla de las dificultades del Barquisimeto de ayer y del comportamiento de su gente: “La vida era difícil, pero la gente se respetaba”. Nos dice, además, “que se comía sano. Se comía granos, frutas, tantas cosas buenas…”. Para él la comida de ahora no sirve, no tiene lo que él llama alimento: “¡…cuando mucho la gente llegará a los 60 años…!”.

Félix García comenzó a trabajar a los ocho años de edad para ayudar a la familia: –“Había que hacerse hombre temprano”. No aprendió a leer ni a escribir bien, por la necesidad de trabajar para la alimentación de la familia. No estudió en ninguna escuela. La lectura la aprende de una señora  que era contratada por su mamá para que le enseñara letras y números. Su primer oficio fue vender agua. Cuando su padre muere él tenía 15 años. Para entonces trabajaba albañilería, su segundo trabajo,  y le pagaban Bs 1,25 el día, lo que equivalía a Bs. 7,50 semanal. A veces ganaba 2 bolívares diarios. La albañilería la trabajó durante cinco años como único oficio.

Un buen día su amigo Antonio Aguilar le dice a modo de crítica que el trabajo de la albañilería  “era poco limpio”, por eso del trabajar con cal y cemento. A lo que le sugiere el aprender zapatería. Por ello le invitó a cambiarse de oficio y aprender a elaborar y reparar zapatos y alpargatas. No ganaba nada mientras aprendía el oficio de zapatero.  El sábado no cobraba nada. Más tarde le ofrecen pagar 3,50 bolívares el par. Hacía dos pares diarios. El cuchillo, la lezna y la silla eran sus herramientas de trabajo. Ganaba nueve reales diarios (un real equivalía a 0,50 bolívares) y le entregaba cinco reales a su madre. Así trabajó hasta hacerse “oficial” y luego trabajó independiente desde los 17 años. Así mismo, trabajó en fábricas de calzado propiedad de ciudadanos de origen italiano. Este trabajo alivió la vida de la familia. Desde los trece años hasta hace poco tiempo, que las fuerzas se lo permitieron, ha trabajado la zapatería. Sin embargo también trabajó de vez en cuando la albañilería. Hacía los dos oficios a la vez, a decir verdad. La casa donde actualmente habita, en la carrera 23 entre calles 15 y 16, fue construida por él mismo y participó en varias obras de albañilería en Barquisimeto. Hacía casas de bahareque o de adobe. En aquel entonces la construcción era mayoritariamente de adobe. Se pegaban los bloques de adobe con barro y señala que el friso “se hacía con doce latas de tierra, ocho latas de arena y tres de cal”, lo que se conocía como “terceo para friso”. Dice con orgullo: “Que con Antonio Aguilar hemos sido amigos hasta hechos hombres”.


El jugador de garrote.

Nos asegura que de niño jamás había vio “jugar palos”, ni mucho menos una pelea con palos, pero gustaba de realizar peleas imaginarias, recuerda: “Me la pasaba jugando solo,… y hacía garrotes de amargoso que los sacaba del monte. Me los llevaba a la casa a lo que mi mamá me decía: -“Félix, a esos garrotes hay que asarlos… yo los desconchaba a cuchillo, y para mi gusto quedaban bonitos”.
Un día de su infancia se desarrolló un “Tamunangue” en la calle 16 entre las carreras 23 y 24 muy cerca de su casa. Su familia, los cuatro, fueron a ver el baile en honor al santo patrono “San Antonio de Padua”. Era un “Tamunangue por promesa” en un día cualquiera. Recuerda emocionado: “-Allí bailó el maestro Baudilio Ortiz*”, nos dice. Fue el primer juego de palos que vio, “La Batalla”, y así mismo al primer jugador del cual recuerda su rostro con claridad, a Baudilio Ortiz. El maestro Ortiz era una reconocida leyenda para esa época y quién le acompañaba en el baile entonces era Tomás Ortiz, su hermano. La emoción de ver una “Batalla” se apoderó de él, comenta. Pasó el tiempo y siempre le decía a su mamá: “Algún día yo jugaré palos… ¡a mí me gustaba mucho eso!... tenía como ocho años, entonces”.

Sus primeros pasos en el juego de garrote a manera de aprendizaje formal fue con Isaías Sánchez. Este era un señor para entonces de unos 70 años de edad y vecino de su casa, que vivía por la calle 18, hoy avenida “Dr. José María Vargas”, con carrera 23. Allí se inició y aclara que aprendió lo poco que Isaías Sánchez sabía, es decir, “cuatro líneas no más… Esas eran la línea del palo de abajo, la línea del palo al pecho, la del palo a la barriga y la del palo a la cabeza... y eso me lo  enseñó usando una sola mano, no más… Antes la mayoría de los jugadores jugaban a una sola mano”. Al aprender las técnicas con Isaías Sánchez se hizo compañero de “Batalla” de su propio maestro y asistían a los Tamunangue.

Así mismo, gracias a su afición a la cacería conoce a un señor algo mayor que él de nombre Pablo Gilberto Cadevilla y que desde hacía muchos años cazaban juntos y se habían hecho buenos amigos pero Félix ni se imaginaba que aquel era un jugador consumado de palos. Cierto día que se desarrolló un Tamunangue en que participó como “batallero” junto a su maestro Isaías Sánchez allí se encontraba presente Cadevilla. Al final de su participación en el baile este lo llama y le dice: -“mirá Félix, andá el lunes por la casa que te voy a enseñá a jugar palos de verdá… ¡Ese viejito no sabe ná…!” Ese lunes por la tarde se fue como a las  4:00, a la casa del maestro Cadevilla, en la carrera 25 entre calles 19 y 20. Cadevilla  le había convidado para que pasase de 4:30 a 5:00 y comenzar a enseñarle un juego más completo, de más técnicas y con uso de las dos manos”. Aceptado el ofrecimiento hecho por su amigo Pablo Cadevilla el aprendiz Félix García se reúne con él todos los días al final de la tarde y hasta bien avanzada la noche en casa del maestro. Nos cuenta varias cosas de sus inicios en la escuela de Cadevilla llamada “El palomar”. Entre otras reconoce que se le dificultó el aprendizaje del nuevo “estilo” porque  se había acostumbrado a jugar a una sola mano y la exigencia entonces era a dos manos. Se le hizo difícil, pero aprendió, recuerda.


Duró muchos años estudiando con el maestro Pablo Cadevilla. “Eso fue desde el año 38 (1938) o 39… hasta el 47 (1947)”.   Comenta Félix García que el entrenamiento era duro ya que el maestro Cadevilla era un hombre recio y nada suave en la instrucción. Allí convida entonces a unos amigos y conocidos a aprender el arte. Recuerda entre ellos, además de Andrés Aguilar y José Presente Rodríguez, también a  Elías Salas, Antonio Parra, Eugenio Camacaro, José Rodríguez, Antonio Quero, José Escalona, Raúl Pérez, Juan Medina, Rafael Ortiz, José Presente, José Ramón Rojas y Joaquín Leal. Quince alumnos en total, y comenta con razonamiento práctico que “…habiendo más alumnos más descansaba yo, porque jugando yo solo se cansa uno más, porque es más forzado”… De todos ellos solamente Félix García practicaba directamente con el maestro Cadevilla, mientras los otros observaban, ya que mostraban cierto temor a practicar con el maestro dado lo recio de sus lances. En todo caso, Félix García fungía de monitor de sus compañeros. Algunos continuaron con el aprendizaje y alcanzaron gran destreza, otros abandonaron. Las prácticas comenzaban a las 4 ó 5 de la tarde hasta las 8 de la noche, casi todos los días. Luego, algunas veces, hasta las 10. “Era un solar muy grande. Había arboles de mamón y en el medio del patio el maestro Pablo colocó un poste, y arriba de ese palo sujetó un bombillo muy grande… Bueno, primero puso una lámpara de kerosén y después el bombillo... Al final de la práctica se bebía un poco de cocuy”.


Hace especial mención de dos de sus compañeros. Ellos son  José Presente Rodríguez y Andrés Aguilar. Del primero, según su opinión, “era muy peleón… y en una pelea le dañaron una pierna y se preocupaba no le fueran a pegar allí un palazo durante las prácticas. Vive en la calle 14 con carrera 27… Era un buen jugador de palos… Era un hombre moreno y muy fuerte”. Por lo demás lo recuerda como contemporáneo suyo. De Andrés Aguilar nos confiesa que era uno de sus mejores amigos y agrega que “…Sus últimos años ha estado muy enfermo… “guayao”, como para morirse”. Lo recuerda como muy buen jugador de palos, y sin embargo dice, no era buscador de pleitos y más bien tenía “buen carácter”. Eso sí, aclara, “si lo buscaban, peleaba… Era valiente y no tenía miedo...!”. Cuando nombra a Andrés Aguilar menciona también a los “quiboreños”. Estos eran vecinos del sector donde ellos vivían y tenían fama de ser muy brolleros, busca pleitos, y ofensivos con las palabras.

Ellos, el grupo de Pablo Cadevilla, habían tenido varios enfrentamientos con ese otro grupo el de los “quiboreños”. Uno de ellos, no recuerda bien el nombre en ese momento de la conversación, había peleado con Andrés Aguilar en seis ocasiones y en cada ocasión Andrés Aguilar vencía. A pesar de ello el otro siempre insistía. Hasta que un día se desarrolló la “ultima” pelea. Nos cuenta entonces que: “ese día estaba yo solo… arrecostado en la esquina del bar… uno que estaba ubicado allí en la Vargas con la 25… entonces se apareció Andrés Aguilar para hacerme compañía y conversar como algunas tardes en que a veces no practicábamos. Tendría yo como 24 años entonces. Nosotros llegábamos a ese sitio como a las 5 de la tarde y nos íbanos como a las 9. Compartíamos el final de la tarde entre hablar en los bares o las prácticas de garrote… Va Andrés Aguilar y me dice: “-¡García vamos a beber…! Que tengo un hipo desde hace tres meses y creo que esto se me quita bebiendo”… A lo que acepto la invitación y entonces nos compramos un litro de aguardiente, de caña clara… En ese sitio se vendía y  bebía el licor… Eso a parte de los juegos de bolas criollas, barajas y también el dominó… entonces, estando allí nosotros se aparece uno de los quiboreños de nombre Pedro María Jiménez, y entra al negocio… va e insulta a Andrés Aguilar con unas groserías... Andrés Aguilar se tomó un trago de aguardiente y se salió del negocio hacia la calle, a lo que oigo que me dice: “¡¡¡con ese carajo es que yo quiero pelear!!!”. Entonces, va el “quiboreño” lo ataca con un palo a la cabeza y Andrés se quita… y a la vez que se quitó va y lo sujetaba por la garganta y le quita el garrote con que lo atacó, con la otra mano… Luego con ese mismo palo lo puyó varias veces por el abdomen… por aquí por donde queda el hígado… Luego, va y lo empuja, cae al suelo y en el suelo le volvió a pegar con el palo”.

Luego de la “última” pelea el maestro Félix nos dice que al vencido lo recogieron unas mujeres familiares de este. Lo montaron sobre una sabana y se lo llevaron a una casa, guindado como en una hamaca. Él como preocupado por su estado de salud lo visito a los días. Lamentablemente, recuerda, Pedro María Jiménez falleció. Lo que no quedó claro fue si Andrés Aguilar cumplió condena por el hecho.

De los enfrentamientos con los “quiboreños” hace remembranza de otros encuentros ocurridos entre ambos bandos. Todos con un balance positivo a favor de su grupo, el de su maestro Pablo Cadevilla, el de la escuela “El palomar”.

*Baudilio Ortiz: Nació en El Tocuyo, el 13 de junio de 1889. Muere en 1995 en Barquisimeto.

martes, 29 de noviembre de 2011

LA CUARTA





En toda la historia de la humanidad el hombre siempre se ha valido de distintas formas, maneras y medios para medir y cuantificar todo aquello de lo cual necesita saber sus proporciones y medidas de las cosas que lo rodean. Conocida también en otros países como “palmo” o “palma” la cuarta es una de las tantas formas de medir que usan y usaban los campesinos de Venezuela para determinar el largo de las cosas o de algo en particular. La cuarta es la distancia comprendida desde la punta del dedo pulgar hasta la punta del dedo meñique cuando la mano está completamente extendida. Es la línea recta que separa ambos extremos cuando la mano presenta esa condición. 

Hoy se señala que la longitud de un garrote está entre los 60 y 80 centímetros. Anteriormente el jugador o persona que elaboraba el garrote los recortaba a "tres cuartas con cuatro dedos" más o menos. Eso según la preferencia de cada uno. Podía ser simplemente tres cuartas o tres cuartas y cinco dedos. Para el hacedor o preparador de garrotes, personaje que siempre ha estado relacionado con el arte de nuestra esgrima maderera criolla, la cuarta es la medida por excelencia usada para determinar el largo de cada uno de ellos. El uso de la cinta métrica para determinar el largo del mismo viene dado en estos tiempos. Antes no era usual. La elaboración o preparación continúa con el proceso de corte a la longitud elegida y finaliza con el alisado de la superficie con cuchillo o algún trozo de vidrio.

Sin embargo, algunos señalan que la medida idónea es aquella que va desde la doblez de la "muñeca" que es la articulación que une a la mano con el antebrazo, hasta el suelo cuando el individuo está completamente de pie y erguido. Es decir que esa será la medida apropiada ya que el largo no molestará durante la ejecución de los ataques y las defensas al empuñar el arma adecuadamente. Difícil es encontrar garrotes en la esgrima venezolana que excedan esta longitud ya que molestaría y estorbaría en gran manera el buen desempeño de los ataques con dirección ascendente, es decir de arriba hacia abajo. Eso es debido a que la punta no tocaría el suelo durante el accionar del ataque.

De todas maneras con la llegada y uso de la cinta métrica no se ha dejado de dar importancia a la utilización de la mano extendida como medida para determinar el buen largo del arma. La naturaleza de nuestro cuerpo nos proporciona referencias para determinar el tamaño y distancia adecuadas de algunas de las cosas de nuestro uso común.

Importante es saber que el futuro garrote se ha tomado del tallo delgado de un árbol joven. Se escoge el tramo del mismo y es cortado a una longitud mayor, es decir a cinco cuartas o un poco más, ya que al prepararse, es decir al momento de asarlo, puede existir la probabilidad de que el mismo se abra o "raje" en los extremos. De no ser así entonces el garrote pudiese ser más pequeño del tamaño óptimo. Conocimiento fruto de la experiencia del preparador de palos.

Mención aparte tiene el llamado "garrote de dos cuartas" o "tolete", arma pequeña y de ocultación fácil que usaban los jugadores de antes y lo llevaban guardado eficazmente entre la vestimenta para evitar ser detectado con facilidad por otras personas durante fiesta o su andar cotidiano por el pueblo o el camino.


martes, 18 de octubre de 2011

TEXTO: JUEGO DE GARROTE LARENSE (1984)

 PORTADA  Y CONTRAPORTADA DEL TEXTO "JUEGO DE GARROTE LARENSE". El método venezolano de defensa personal. De Eduardo Sanoja (1984).


Estas son la portada y contraportada del texto escrito por el Maestro Eduardo Sanoja en donde por vez primera se aborda el tema sobre el "Juego de Garrote". El mismo fue impreso en el mes de febrero del año 1984 en los talleres tipográficos de MIGUEL ÁNGEL GARCÍA E hijo, en la ciudad de Caracas, Venezuela.

A continuación se transcriben la dedicatoria y la introducción, respectivamente, de la citada obra:

A la memoria
de Clarencio Flores,
maestro
del maestro
de mi maestro,
humilde
peón de hacienda
de cuyo paso
por el mundo
solo quedó
flotando
como brisa
entre
los cañaverales
de Palavecino,
la leyenda
de su destreza…


                                         INTRODUCCIÓN 

El objetivo central de este libro es dar a conocer al pueblo venezolano
la existencia de un método criollo de defensa personal que debe ser evaluado con 
justicia y colocado en el sitial que le corresponde, tanto en el contexto de los 
métodos de autodefensa practicados en el país como dentro de nuestros valores
folklóricos no musicales. Se le denomina “juego de garrote” o “juego de palos”
y está enraizado desde hace siglos en la tierra larense.

No se pretende con esta obra, sin embargo, que el lector interesado “aprenda”
a jugar garrote por este medio. Ni esta ni ninguna práctica de este tipo puede 
conocerse y entenderse a cabalidad sin un guía, instructor o maestro.

Los libros que representan gráficamente técnicas de defensa personal son
muy útiles para repaso y perfeccionamiento a quienes las conocen, pero inútiles,
confusos y hasta peligroso para quienes pretendan ejercitarlas sin maestro.

El contenido gráfico incluye grabados relativos al juego, escenas del juego,
practicas de “figuras” y fotos de jugadores. Casi todo el material ha sido recopilado
exclusivamente para esta obra, pues ha sido difícil conseguir fotos de otras
épocas.

Al señalar este sendero hacia la defensa personal, el deseo fundamental del
autor es que quienes lo encuentren  lo conserven puro. Sin amalgamarlo con
métodos extranjeros. Sin violar el espíritu venezolano en sus prácticas. Sin saludos,
ritos, reverencias ni uniformes foráneos. Con compañerismo. Sin protocolos.
Con franelas o a pecho desnudo. Con exigencias. Sin mingonerías. Como lo que
es. Un juego viril. Un juego de hombres.

miércoles, 27 de octubre de 2010

UNA LUCHA DESIGUAL

Un hecho vivido por Elio Ferrer*.

Durante unas vacaciones en el año de 1967 que disfrutaba en Santa Cruz de Bucaral, población enclavada en la sierra de Falcón, presencié algo inusitado a mi experiencia. Les cuento: fui invitado a pasar unos días en casa de la familia de un compañero de estudios, Enrique Loyo, con quien compartía juegos, lecturas, música (él es el músico y cantante) y otra serie de circunstancias que nos brindaba la vida en esa época de juventud.

En el transcurso de uno de esos días, alrededor de las cinco de la tarde, mientras nos entreteníamos en una tertulia familiar y degustábamos de manjares caseros preparados por las manos prodigiosas de Doña Dominga, madre de Enrique, oímos un alboroto proveniente de la calle. Nos alarmamos, puesto que, a pesar de que Santa Cruz es un pueblo donde reina normalmente la tranquilidad y el sosiego, tanto que a veces raya en la cotidianidad y la rutina, no es menos cierto que dos hechos, para el momento, perturbaban de vez en cuando este estado de normalidad: uno de ellos era, o mejor digo, sigue siendo, la rencilla secular que mantienen dos familias por causas que ya se perdieron en la leyenda y la tradición y que ocasionalmente son fuente de acontecimientos nada saludable para algún miembro conocido de la comunidad; la otra era la existencia de grupos irregulares opuestos al gobierno que se habían enquistado en el territorio y que con cierta frecuencia provocaban enfrentamientos con tropas regulares, con la consecuente ola de comentarios y alarmas.

Pero en esta ocasión el bullicio no lo provocaba ninguna de las situaciones anteriores. A penas nos reponíamos de la sorpresa inicial cuando entró uno de los hermanos de Enrique que repetía: ¡una pelea! ¡una pelea!, al instante salimos a la calle que daba a la plaza principal del pueblo imaginando ver a algunos jóvenes enfrentados en un pugilato de esos tantas veces presenciados y en los que con mucha frecuencia en mi pubertad me había involucrado. Pero cual sería mi sorpresa que lo que estaba presenciando era una lid de esgrima entre un hombre ya entrado en años, 58 años, me enteré después, y un joven de unos 25; sin embargo, lo peculiar del asunto era que éste blandía un machete de los usados para la labor diaria de desmonte y aquel un garrote de los que con mucha frecuencia se les ve caminar por el pueblo como un atuendo normal, que llevan bajo el brazo, con la misma naturalidad con que llevan el sombrero en la cabeza.

La primera impresión nos llevó a pensar en la ventaja de quien blandía el machete y que aquel encuentro concluiría en un fatal desenlace para quien portaba el garrote. Sin embargo, para tranquilidad de los que presenciábamos el inusual combate, este último se defendía magistralmente esquivando con pasmosa tranquilidad los embates de su contrincante. Por instantes pensé en un ballet donde dos bailarines ejecutaban una danza esmeradamente ensayada y primorosamente ejecutada. Cada lance del machete era bloqueado por un movimiento rápido y certero por el del garrote mientras daba pasos hacia atrás buscando refugio en el zaguán de una casa aledaña a la plaza desde donde lo conminaban a entrar. En ese momento el hombre del garrote ejecutó dos movimientos rápidos y certeros dirigidos al codo y a las manos de su contrincante. Esta maniobra hizo que éste retrocediera unos pasos, circunstancia que aprovechó para entrar en el zaguán desde donde lo llamaban cerrándose dos puertas tras él. El resto de la escena se disipó entre el vociferar del que quedó afuera frustrado y los comentarios, dimes y diretes de los espectadores.

Posteriormente, esa experiencia vivida sólo uno tres minutos, me hizo revivir esa estampa tan típica de nuestros pueblos de ver hombres portando un garrote, normalmente bajo el brazo, sin que nunca me preguntara sobre su finalidad o utilidad. Al menos en esta ocasión supe para lo que sirve un garrote.

*Profesor universitario, filósofo. Mi tio y buen amigo.